Un presidente sin pueblo: Milei, su Derecha Fest y la peligrosa escalada del autoritarismo

Con una convocatoria digna de un acto barrial, Milei demostró que los retuits no llenan auditorios ni legitiman gobiernos.

Redacción Revista El Comercio – 23 de julio de 2025

Por Dr. Alejandro Rudler
Líder internacional

Director de Revista El Comercio


Mientras los trolls libertarios inundan las redes con mensajes exaltados y cuentas falsas fabrican una aceptación digital que no se traduce en la vida real, el presidente Javier Milei encabezó anoche un acto en Córdoba junto a 12 oradores más y entre todos lograron un resultado que no puede pasar inadvertido: apenas poco más de 2.000 personas asistieron al llamado “Derecha Fest”, un evento que más que una fiesta política terminó siendo una postal patética de un liderazgo en decadencia.


Los organizadores rápidamente salieron a “aclarar” que el lugar elegido —el Hotel Quorum— tenía una capacidad limitada. Pero esa defensa no hace más que confirmar lo evidente: el espacio fue seleccionado con pleno conocimiento de que no habría convocatoria masiva. ¿Qué otro presidente de la Nación, en plena gira de reafirmación ideológica, optaría por un salón cerrado con aforo reducido si supiera que cuenta con apoyo real?


Quizás si el ejército de usuarios anónimos que operan día y noche en redes sociales defendiendo al presidente con insultos, agresiones y campañas sistemáticas de hostigamiento digital se hubiera presentado físicamente, la imagen del acto hubiera sido diferente. Pero no. La realidad es otra, y la multitud libertaria tan promocionada no aparece en carne y hueso.

Sin embargo, el hecho más preocupante no fue la escasa convocatoria, sino el nivel de violencia institucional que volvió a desplegar Milei frente a los asistentes.


En un hecho inédito en la historia democrática argentina, el presidente de la Nación insultó públicamente a su propia vicepresidente, Victoria Villarruel, tratándola de "traidora" y "bruta", y diciendo que “los que no saben sumar 2 + 2 deberían callarse”. Estas declaraciones no sólo denotan un desprecio total por el disenso interno, sino que evidencian una peligrosa pérdida de control.


La escena fue celebrada por algunos asistentes, pero en los videos se percibe lo que realmente ocurrió: no hubo aplausos masivos, ni ovaciones, ni fervor generalizado. Los gritos provinieron de unos pocos fanáticos. La mayoría observó en silencio, probablemente incómoda ante el espectáculo de un presidente humillando en público a la persona que, institucionalmente, debería estar más cerca suyo.


Mientras tanto, en las afueras del establecimiento donde se realizaba el acto, sí había una verdadera multitud. Pero no para celebrar: era gente indignada, vecinos, ciudadanos comunes que fueron a expresar su repudio. No eran todos “militantes kirchneristas” ni “grupos organizados” como ahora intentan etiquetar desde el oficialismo. Eran trabajadores, madres, estudiantes, jubilados. El pueblo real, el que no aparece en los sets digitales ni en las campañas de odio online, pero sí en las calles cuando la democracia está en riesgo.


Y es ese mismo pueblo el que ahora empieza a ser estigmatizado, reducido y atacado desde el poder con agresiones como “zurdos” o “kukas”, solo por atreverse a disentir. Una estrategia conocida: deshumanizar al otro para justificar la represión. Pero la Argentina ya vivió eso, y no puede volver a repetirlo.


Este episodio no es aislado. Se inscribe en una escalada cada vez más alarmante de autoritarismo y desequilibrio emocional que se repite en cada aparición pública del presidente. Milei no tolera la crítica, ni la oposición, ni siquiera las diferencias dentro de su propio espacio. Y, como todo gobernante con baja aceptación, carencia de liderazgo real y un carácter evidentemente inestable, la única vía que le queda es la imposición.


Y esa imposición, cuando no es contenida por las instituciones, puede escalar a extremos peligrosos: persecución política, censura, represión, silenciamiento de voces disidentes o directamente desaparición del adversario. Argentina ya ha transitado caminos oscuros cuando el poder se ejerció sin límites. Hoy, el país está frente a un espejo que comienza a reflejar esas sombras otra vez.


No es un tema de ideologías. No es una cuestión de izquierda o derecha. Es una advertencia democrática. Cuando un presidente pierde el respaldo del pueblo y decide reemplazarlo con gritos, agresiones y amenazas, ya no gobierna: se impone por la fuerza simbólica, y eventualmente, por la real.


Argentina merece un debate profundo sobre la salud democrática del poder. No se puede naturalizar que el jefe de Estado actúe como un provocador en redes sociales y eventos, degrade a sus propios funcionarios y banalice la violencia política. Lo que vimos anoche en Córdoba no fue un acto partidario más. Fue una señal clara de que el presidente está dispuesto a romper todos los códigos del sistema institucional si eso le permite seguir ejerciendo un poder que ya no tiene respaldo popular.


Y frente a esa amenaza, el silencio no es una opción.