Sushila Karki, nueva primera ministra de Nepal, promete terminar con la corrupción convocando al cambio
Luego de violentas protestas impulsadas por una juventud indignada, Karki asume el mando con el mandato claro de erradicar el malestar ético y práctico que domina la política nepalí.
Redacción Revista El Comercio – 14 de septiembre de 2025
Nepal amaneció este 14 de septiembre con una carta política nueva, tras días de convulsiones sociales. Sushila Karki, ex presidenta de la Corte Suprema y conocida por su lucha contra la corrupción en su carrera judicial, fue juramentada como primera ministra interina, tras la renuncia forzada de su predecesor K. P. Sharma Oli en medio de protestas multitudinarias que dejaron al menos 72 muertos e innumerables heridos.
El detonante fue inicialmente un decreto temporal que bloqueó redes sociales, pero ese fue solo el catalizador de un malestar profundo: el descontento por la corrupción persistente, la desigualdad económica, el desempleo juvenil (que afecta de forma particularmente aguda a la generación Gen Z), la sensación de que los cargos públicos están ocupados por personas poco transparentes y los mecanismos de rendición de cuentas han sido débiles u opacos.
En su discurso inaugural, Karki hizo hincapié en que su gobierno debe “trabajar según el pensamiento de la generación Gen Z”, resaltando que lo que reclama esa juventud —fin de la corrupción, buena gobernanza y justicia económica— debe dejar de ser solo un reclamo social para transformarse en políticas concretas. También dijo que no permanecerá más de seis meses en el puesto y que su compromiso es claro: preparar y delimitar el camino hacia elecciones parlamentarias que ya están fijadas para el 5 de marzo de 2026.
Otra de sus promesas es atender a las víctimas de los disturbios: Karki decretó un minuto de silencio en memoria de los fallecidos en las protestas, y anunció compensaciones económicas para los familiares, así como atención médica gratuita para los heridos. Además, ha decidido comenzar sus labores desde Singha Durbar —sede administrativa de Nepal — a pesar de los daños materiales provocados en el complejo gubernamental durante las jornadas de manifestaciones.
El contexto es grave: edificios públicos incendiados (entre ellos el parlamento y tribunales), caos institucional, crisis política, y una urgencia ética que ha tomado forma visible en las calles. Karki, con historial de independencia judicial, supone una figura que muchos consideran capaz de restablecer confianza si logra traducir esas promesas en gestos reales y reformas robustas. Sin embargo, también enfrenta límites: los poderes del Ejecutivo interino son cortos (seis meses), muchas estructuras del Estado están corroídas por décadas, y las expectativas populares son altas. En ese caldo, cada paso será observado con lupa.
Para la población nepalí, la esperanza está en que esta transición no sea solo un cambio de nombres, sino un cambio de fondo: transparencia real, sanciones claras contra quienes roben recursos públicos, mecanismo de supervisión independiente y una política económica que alivie el padecimiento cotidiano. Karki lo sabe: prometió que no permanecerá más de seis meses, con la mira puesta en elecciones y en recuperar tanto la legitimidad institucional como la fe en que el Estado pueda ser “coherente con lo que prometió”.